UNA LECCIÓN APRENDIDA, DE UN VIOLÍN MAL TOCADO

Ricardo Ros

El segundo aspecto del respeto es el respeto hacia los demás. El
respeto hacia los demás se llama Compasión. Tener un gran respeto por
uno mismo conlleva tener un gran respeto hacia los demás. Reconocemos
nuestros recíprocos derechos. Tu derecho a tener tu propio punto de
vista, tu derecho a cambiar de opinión sin tener que dar
explicaciones, tu derecho a crear un mundo propio en el que poder
vivir.

Respeto hacia los demás supone tener respeto por sus decisiones y por
sus sentimientos. Respetar las decisiones de los demás o sus
sentimientos no significa que estemos de acuerdo ni que los
compartamos, significa que aceptamos que la otra persona tiene derecho
a tener sus propios sentimientos y a tomar sus propias decisiones,
sean o no adecuadas para mí y sean o no iguales que los míos.
Significa que permitimos que los demás pongan nombre a sus
sentimientos, aunque no los entendamos, aunque nosotros les llamemos
de otra manera.

Respeto hacia los demás significa respetar sus diferencias, aceptar
que somos personas diferentes, con experiencias, culturas, ideologías
y punto de vista distintos. Significa respetar sus sueños y sus
necesidades y no tomar decisiones que les afecten sin contar con su
participación.

Respeto hacia los demás implica separar su conducta de su identidad.
La conducta de una persona no es su identidad. Es aceptar los límites
que nos impone y no invadir su espacio privado sin su consentimiento.
Es no ser arbitrario con él, sino consecuente. Es darle valoración,
transmitirle nuestra admiración, darle recompensas. Es darle poder.

El respeto hacia los demás incluye el derecho a tener opiniones y
valoraciones diferentes, el respeto hacia la pluralidad. Vive y deja
vivir. No tenemos derecho a juzgar a los demás, entre otras razones,
porque no disponemos de toda la información. No somos policías, ni
jueces, ni dioses.

Pero el respeto hacia los demás va más allá. Supone también que vamos
a ayudar a los demás a desarrollar todas sus capacidades. Yo pongo a
tu disposición mis capacidades para que tú puedas desarrollar las
tuyas. Pídeme lo que necesites y que yo pueda darte. Es aceptar el
derecho del otro a pedir.

Mi amigo Carlos es un famoso escultor. Sus esculturas son muy
apreciadas y valoradas, sobre todo las de gran tamaño, que adornan
espacios públicos, como plazas y autopistas de todo el mundo. Carlos
se ha forjado a sí mismo y ha conseguido su posición gracias al
esfuerzo y la constancia. Hace unas semanas íbamos paseando por la
calle cuando nos encontramos con un músico callejero. Tocaba muy mal
unas piezas de Mozart con su violín. Generalmente yo paso de largo,
pero Carlos quiso pararse a escuchar. El músico luchaba con las
cuerdas por sacar algún sonido reconocible y afinado. Carlos me hizo
aguantar diez minutos de insufrible tormento musical. Cuando acabó el
"concierto", ante mi sorpresa, Carlos se acercó al músico, le dio un
billete de 50 Euros y le dijo: "Muchísimas gracias por su amabilidad,
me ha hecho feliz durante estos minutos"

— Pero, Carlos, —le dije al alejarnos— ha sido horrible. En todo caso
es él quien debería darte las gracias a ti.

—Te equivocas, Ricardo, —me dijo— Es verdad que ha sido horrible, que
no se puede hacer peor, pero soy yo quien tiene que estar agradecido
por poder ayudar a este hombre. Mi agradecimiento no es por su música,
sino por la posibilidad que me ha dado de ayudarle. Él mantiene su
dignidad, ofreciendo su música, y yo le ayudo a comer hoy sin
mancillar su dignidad. Es una cuestión de respeto. El se respeta a si
mismo no pidiendo caridad, sino ofreciendo algo a cambio de unas
monedas y yo le agradezco que me permita ayudarle sin lesionar su
dignidad. 50 Euros es un precio muy bajo por lo que acabo de ganar
gracias a este hombre.

Aprendí una buena lección. Desde entonces doy siempre las gracias,
tanto por recibir como por dar.

Fuente: http://www.ricardoros.com

Comentarios

Entradas populares de este blog

Fases del Proceso de Contacto. Perls y Goodman